Conducir no es solo una cuestión de saber manejar un vehículo. Es, sobre todo, una cuestión de atención, anticipación y disciplina. Sin embargo, con el paso del tiempo todos adquirimos pequeñas manías al volante que, aunque parezcan inofensivas, pueden convertirse en un riesgo real.
La Fundación CEA ha identificado cinco malos hábitos muy frecuentes que incrementan notablemente la probabilidad de sufrir o provocar un accidente. Lo más preocupante no es que existan… sino que muchas veces los hacemos sin darnos cuenta.
Practicar la conducción atenta es la mejor herramienta para detectarlos y corregirlos.
1️⃣ Conducir con distracciones: el enemigo número uno
Las distracciones están detrás de más del 30 % de los siniestros con víctimas mortales en carretera.
El teléfono móvil es el principal responsable:
- Leer o enviar mensajes.
- Consultar redes sociales.
- Ajustar el navegador en marcha.
- Buscar una canción.
Basta con apartar la vista dos segundos para recorrer decenas de metros sin control visual.
Pero no solo el móvil distrae:
- Cambiar emisoras.
- Comer o beber.
- Manipular el climatizador.
- Mantener conversaciones que absorben nuestra atención.
✔ Cómo evitarlo
- Programar el GPS antes de arrancar.
- Activar el modo “no molestar”.
- Usar sistemas manos libres solo cuando sea imprescindible.
- Reducir estímulos dentro del vehículo.
Conducir exige presencia total. No atención parcial.
2️⃣ Circular pegados al vehículo de delante
No respetar la distancia de seguridad es uno de los errores más comunes.
Cuando circulamos demasiado cerca:
- Perdemos margen de reacción.
- Aumenta el riesgo de colisión por alcance.
- Se generan frenazos en cadena.
Los expertos recomiendan la regla de los dos segundos como mínimo en condiciones normales.
En caso de:
- Lluvia.
- Asfalto mojado.
- Túneles.
- Baja visibilidad.
La distancia debería ampliarse a tres o más segundos.
La distancia no es un capricho legal: es tiempo para decidir.
3️⃣ Frenazos y acelerones constantes
Una conducción brusca no solo aumenta el consumo y el desgaste mecánico, también reduce la estabilidad del vehículo y dificulta la anticipación.
Los acelerones innecesarios y las frenadas tardías suelen indicar:
- Falta de previsión.
- Exceso de velocidad inadecuada.
- Atención limitada a lo inmediato.
✔ La alternativa: conducción fluida
- Mantener velocidad constante.
- Observar más allá del coche de delante.
- Anticipar semáforos, pasos de peatones o retenciones.
- Utilizar el freno motor cuando sea posible.
La conducción eficiente suele coincidir con la conducción segura.
4️⃣ No usar los intermitentes o señalizar tarde
El intermitente no es opcional. Es una herramienta de comunicación.
No señalizar correctamente:
- Sorprende a otros conductores.
- Obliga a frenazos bruscos.
- Aumenta el riesgo de colisiones laterales.
Señalizar tarde es casi tan peligroso como no hacerlo.
El intermitente debe activarse con suficiente antelación para que los demás puedan anticipar la maniobra.
Conducir es compartir espacio. Y compartir implica comunicar.
5️⃣ Exceso de confianza: el riesgo invisible
La experiencia es positiva. La confianza excesiva no.
Conocer la carretera o llevar años conduciendo puede generar una falsa sensación de control que lleva a:
- Aumentar la velocidad.
- Relajar la atención.
- Asumir riesgos innecesarios.
- Conducir con una sola mano o distraído.
Desde la Fundación CEA recuerdan que cada trayecto es diferente:
- Cambia la meteorología.
- Cambia el tráfico.
- Cambian las condiciones del firme.
- Cambia nuestro propio estado físico y mental.
La mentalidad correcta es la del conductor defensivo:
Anticipar, no asumir.
La clave: practicar conducción atenta
Muchos de estos hábitos no nacen de la imprudencia, sino de la rutina. Repetimos comportamientos hasta que se vuelven automáticos.
Por eso es fundamental:
- Autoevaluar nuestra forma de conducir.
- Identificar manías adquiridas.
- Corregir pequeños errores antes de que se conviertan en un problema grave.
La seguridad vial no depende solo de grandes decisiones.
También depende de esos pequeños gestos cotidianos que repetimos cada día sin pensar.
Y a veces, lo más peligroso no es lo que hacemos mal…
sino lo que creemos que hacemos bien.
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